En el aeropuerto de Bilbao, en Loiu, duermen casi todo el año 14 aviones, y en verano son algunos más. Regresan al nido cada noche para descansar, aunque solo sea unas pocas horas, tras una frenética jornada en la que no han parado de llevar y traer pasajeros. Es el momento de someterse al cuidado de los mecánicos. Las aeronaves vuelven al aire muy temprano, casi siempre al amanecer. Pero antes de las primeras luces, llegan los auxiliares de vuelo y los pilotos que ponen el rostro humano a estos pájaros de metal. Más de 400 profesionales, en su mayoría vizcaínos, trabajan a un ritmo incansable, siempre a contrarreloj, para que Bilbao pueda gozar de una conexión aérea rápida y eficiente con las principales ciudades europeas. Este reportaje es un día en la vida de uno de los aparatos que tienen su base en Loiu y de su tripulación.
Tiene la matrícula EC-LUO y pertenece a Vueling. Es un Airbus 320 con capacidad para 180 pasajeros y quizás sea el más bilbaíno de los aviones que pernoctan en Loiu. Por un motivo especial: por el vinilo rojiblanco que recubre su piel de aluminio. Son las seis y diez de la madrugada en 'La Paloma', y la oscuridad impide distinguir todavía el escudo del Athletic. La aeronave transporta ocasionalmente a los futbolistas, pero el resto de los días es un avión de línea regular más. «Con este diseño, nos sentimos el centro de muchas miradas en la mayoría de los aeropuertos», explica Dani Sánchez Alea. Este asturiano de 47 años, residente en Erandio, será nuestro comandante.
Dani se reúne con el que hoy será su equipo. Enrique Iglesias, natural de A Coruña, hará las funciones de copiloto. Leire Uribarri, de Mungia, será la sobrecargo. Y la tripulación se completa con las auxiliares de vuelo (conocidas en el argot de la aviación como TCP) Gaizkane Puente, Andrea Marín y Aida Pérez.
Los seis se juntan en el briefing de bienvenida. Tienen el apoyo en tierra de Cristina, que se encarga de comprobar que el equipo humano está al completo. «Si alguien se pone enfermo o se retrasa por algún motivo, siempre tenemos a un sustituto que está de guardia localizada a menos de 60 minutos de Loiu», explica. El objetivo es que el avión permanezca parado el menor tiempo posible. Porque un aparato varado en tierra es una ruina. La aerolínea pierde miles de euros por cada hora que se desaprovecha. Un Airbus 320 puede llegar a costar 100 millones de euros. Hay mucha inversión que amortizar. Y luego está el tema de las indemnizaciones. Si el vuelo se retrasa más de dos horas por culpa de la compañía, hay que abonar 250 euros a cada viajero. Si se echan cuentas, son cerca de 50.000 por despegue.
«¿Estamos todos bien, con ánimo y en condiciones de volar?». Es la primera pregunta que siempre hace un piloto. «Es importante porque tenemos mucha responsabilidad allí arriba y tenemos que estar al 100%». Lo siguiente es explicar el plan de vuelo del día. Hoy haremos cuatro saltos con esta tripulación. «Vamos a Lisboa y volvemos. Y luego a Alicante y regreso», anuncia Dani. Pero el avión no se detendrá allí. Habrá un cambio de equipo por la tarde en Loiu y el 'Airbus' del Athletic emprenderá rumbo a Milán. Después de aterrizar en la ciudad italiana, regresará al fin a casa para dormir. Habrán sido casi 4.000 kilómetros. Solo serán unas horas de descanso, antes de que todo vuelva a empezar. Así, 365 días al año. «Esto nunca se para. Un avión sólo se detiene cuando es sometido a una revisión especial. Y, en ese caso, nos mandan otra aeronave».
El briefing incluye también un repaso a la meteorología. «Hoy no habrá viento sur en Loiu». La tripulación muestra su alivio. «A mí no me importa volar esos días. Es complicado pero estamos acostumbrados, aunque entiendo que para los pasajeros es incómodo», valora el comandante. La última instrucción tiene que ver con la palabra clave que da acceso a la cabina del aparato. Es una salvaguarda de seguridad, que se ha extendido desde el atentado de las Torres Gemelas.
La reunión se acaba y llega el momento de las comprobaciones. Las tripulantes de cabina revisan el material de seguridad. Chequean los carritos y el catering. También los móviles que dan soporte a los datáfonos. Despliegan una energía increíble. Se mueven con soltura por cada angosto rincón del avión. En la mente de Leire, Gaizkane, Aida y Andrea se repite una lista que se saben de memoria.
Dani se pone un chaleco reflectante y baja a pie de pista. Es el momento de hacer una comprobación visual del avión. Acaba de amanecer. Mete la cabeza en la gigantesca turbina del 320. Busca posibles grietas o indicios de que el motor no esté en condiciones. Luego mira el suelo. «Te fijas sobre todo en que no haya fugas de aceite u otros líquidos y que ya no haya ningún cable o manguera conectada». Todo está correcto.
No hay tiempo para más. Los primeros viajeros con destino a Lisboa suben al avión. El embarque tarda casi media hora. Y eso que se hace de manera muy ordenada. Las auxiliares de vuelo se preocupan de que ningún pasajero bloquee el pasillo porque no pueda, por ejemplo, colocar su equipaje en los compartimentos. Una sola persona es capaz de generar un tapón insufrible para las otras 179. «El gran secreto de un avión que hace constantes rotaciones, como el de hoy, es intentar ir puntual en cada salto», explica Leire. «Si empiezas a acumular demoras en el primer despegue, la cosa se puede ir acumulando y empeorando a lo largo del día. Por eso es importante ir en hora desde el primer minuto».
La primera misión del día va muy bien. Despegamos a las 07:42. Son 7 minutos más tarde de lo previsto, pero Dani y Enrique recuperan el tiempo en vuelo. Y llegamos a destino con 19 minutos de adelanto. Momento para respirar. La tripulación come unos dulces que ha traído Leire. La felicitan. Hoy cumple 39 años. El equipo sonríe. Se les ve felices. «A mí me encanta mi trabajo. Hoy vengo después de 10 días de descanso y estaba deseando reincorporarme», cuenta el piloto.
«Es muy vocacional lo que hacemos», argumenta Gaizkane. Esta profesional residente en Leioa relata cuál ha sido su mejor recuerdo a lo largo de su carrera profesional. «Un hombre se atragantó con un bocadillo y empezó a ponerse azul. No respiraba. Entre otra compañera y yo conseguimos levantarle y hacerle la maniobra de Heimlich, hasta que escupió la comida. Posiblemente evitamos que se ahogara. Me sentí muy bien».
A una velocidad de vértigo, las auxiliares limpian los asientos. Los primeros pasajeros del vuelo Lisboa-Bilbao empiezan a embarcar. Se repite la liturgia: demostración de las medidas de seguridad, cinturones abrochados y al aire. Salimos con 13 minutos de retraso. Pero volvemos a vencer al reloj en el cielo. Tomamos tierra en Loiu con 8 minutos de adelanto.
La cosa va bien. Y eso que en todos los vuelos pasa algo especial. En el primer salto de la mañana, algunos pasajeros iban un poco alborotados porque viajaba el modelo Jon Kortajarena y su bebé. Y en el salto que ahora nos lleva a Alicante hay un gigantesco perro lazarillo que concentra muchas miradas. Leire está especialmente atenta a estas circunstancias. «Es parte de nuestro trabajo, dar tranquilidad al pasajero y prestarle ayuda».
Nuevo despegue. Esta vez hacia la costa levantina. El tiempo pasa muy rápido en el aire. Enrique trata de comer algo mientras Dani está a los mandos. Los pilotos ingieren siempre un menú distinto y a diferente hora. «Es para prevenir una posible intoxicación». Pronto vislumbran la luz del Mediterráneo. «Hay rutas y aeropuertos muy bonitos, como la aproximación a Lisboa que acabamos de hacer o la de Barcelona». De vuelta a Loiu (también en hora), la tripulación da por terminada su jornada. Pero el 'Airbus' del Athletic no se detiene. Un nuevo equipo le llevará a Milán para regresar finalmente a Bilbao a las 22:13 horas. Ya de noche. Han sido 6 saltos, 3.847 kilómetros recorridos y 1.052 pasajeros transportados. Mañana espera un nuevo día y otros ocho saltos (dos visitas a Sevilla, Oporto y Barcelona).




