Los centros residenciales de Bizkaia atienden a uno de los colectivos más vulnerables ante el incremento de las temperaturas. Este factor obliga a extremar las precauciones y activar protocolos específicos en estos espacios durante el verano. Para garantizar la seguridad de los residentes, el personal de estos centros recibe formación especializada, orientada no solo a aplicar estrategias preventivas, sino también a reconocer y tratar precozmente cualquier síntoma derivado del exceso de calor en el organismo.
Una de las acciones prioritarias dentro de las instalaciones es el control riguroso de la temperatura ambiental. Los profesionales supervisan constantemente el termómetro tanto en las áreas comunes como en las habitaciones de los residentes, bajo la directriz técnica de que no es recomendable permanecer en estancias que superen los 26 grados. Para mitigar el impacto ambiental, se potencia el uso de espacios climatizados, ya que pasar entre dos y tres horas diarias en una estancia con aire acondicionado reduce notablemente las consecuencias graves asociadas a los picos térmicos.
La hidratación y la nutrición adaptadas constituyen otro eje fundamental del plan de protección interna. El personal asegura activamente que los mayores aumenten la ingesta de líquidos, ofreciéndoles preferentemente agua fresca que deben tomar en pequeños sorbos. Como alternativa eficaz para quienes presentan dificultades o para asegurar una hidratación óptima, se fomenta el uso de gelatinas. Paralelamente, los menús se modifican para priorizar el consumo de platos ligeros como ensaladas, verduras y frutas frescas, esenciales para recuperar las sales minerales perdidas con el sudor, al tiempo que se eliminan las comidas altas en grasas que entorpecen la adaptación del cuerpo al calor.
El protocolo exige una vigilancia médica y asistencial continua e individualizada. El personal médico del centro identifica formalmente a los residentes con mayor nivel de riesgo y revisa exhaustivamente sus tratamientos farmacológicos para ajustarlos a las condiciones ambientales si fuera necesario. Además, los cuidadores realizan un seguimiento constante de la temperatura corporal de las personas más vulnerables y se mantienen en alerta para detectar cualquier signo temprano de patología por calor, como mareos, debilidad o una piel excesivamente caliente, actuando con rapidez ante cualquier anomalía.




