La captura supuso una fuente de riqueza significativa para Orio. En una época donde el aceite de ballena era esencial para el alumbrado público, el aprovechamiento de sus restos fue total: las barbas se destinaban a la fabricación de paraguas, los huesos a la construcción y mobiliario, y la lengua era un manjar muy cotizado en Francia.
El acontecimiento atrajo a cientos de personas desde Donostia y otras localidades vecinas. Según las crónicas de la época, se habilitaron trenes especiales para trasladar a los curiosos, llegando a registrarse más de 1.500 visitantes en una sola jornada.
Este éxito económico y el entusiasmo generado impulsaron la preparación de las traineras locales. A partir de mayo de 1901, Orio inició una etapa de dominio absoluto en las regatas, consolidándose como una potencia en la Concha durante las décadas siguientes.




