El puente de Frank Gehry da la bienvenida a la isla de Zorrotzaurre, abriendo paso a un paisaje donde lo inacabado y los primeros signos de vida cotidiana conviven. Esta estructura se ha convertido en una puerta simbólica, y la escultura dorada de una niña mirando al cielo presagia las ilusiones que genera un lugar que aún se está construyendo a sí mismo. Entre el desangelado ambiente de las obras y la vida que poco a poco va tomando forma, Zorrotzaurre avanza hacia su transformación definitiva.
Un nuevo gimnasio, la escuela de Diseño, Moda y Arte Kunsthal, o la apertura de comercios emergentes generan expectación en una isla donde el deseo de un hogar ha comenzado a atraer a nuevos vecinos. El proyecto urbanístico, vinculado a la arquitecta Zaha Hadid, dibuja un nuevo barrio donde las promociones residenciales se abren paso junto a equipamientos que, muy pacientemente, van tomando forma.
Un nuevo residente, ilusionado por el plan de regeneración urbana, no dudó en adquirir su vivienda en la isla. Desde septiembre reside en su nuevo domicilio, dejando atrás su antigua vivienda en la calle Luis Power, en el barrio de Deusto, para comenzar una nueva vida en lo que algunos denominan el Manhattan vasco, con la promesa de estrenar todo desde cero.
“"Llevábamos tiempo buscando una vivienda. Mi pareja tenía la familia en Deusto y queríamos estar cerca. Vimos esta promoción y no dudamos."
La decisión también tuvo un componente económico: compraron su vivienda sobre plano por 280.000 euros, un inmueble que hoy, según asegura, roza los 400.000 euros. Este vecino reconoce que, por el momento, toca adaptarse y ser paciente con el entorno. Las obras no les molestan porque sabían a dónde venían, y además, todo está quedando muy bien. Sin embargo, notan que faltan tiendas de alimentación, polideportivos… La mayor inconveniencia es que para ir al supermercado tienen que desplazarse hasta Deusto. Con todo, la esperanza supera cualquier incomodidad.
“"Me gusta lo de vivir en la isla. Hay autobús para llegar hasta Lehendakari Aguirre y, ahí, conectar ya con el metro, y la verdad es que se respira calma al pasear por la zona."
La inseguridad no es una preocupación para él. Hay bastante vida y los vecinos se conocen. Tanto su pareja como él están muy ilusionados y entienden que hay que ser paciente. A pocos metros, otra residente espera, un día más, el autobús A4. También con familia en Deusto, no dudó en instalarse en Zorrotzaurre. Al principio le dio algo de vértigo, pero está muy contenta, explica la joven, que adquirió un apartamento por 300.000 euros. Es una casa pequeñita, pero le encanta.
No todos los rincones reflejan la misma armonía. Otra residente, en una VPO en la zona exterior, denuncia su desilusión con el proyecto. No hay supermercados cercanos, hay poca presencia policial y algunas calles no se limpian. Hay zonas donde no se siente segura para salir sola a ciertas horas. Su testimonio subraya que el desarrollo urbano y el logístico avanzan a ritmos distintos.
También hay quienes llevan años esperando este cambio. Otra residente se mudó hace once años, anticipando la transformación. Compró una casa más antigua, pero espaciosa y asequible. Se alegra de que haya más vida, pero no sabe hasta qué punto los nuevos vecinos se integrarán en el barrio. Junto a la incertidumbre por el desarrollo del entorno, la identidad vecinal del barrio sigue siendo un tema clave entre los encuestados. Una residente recién instalada en una vivienda de obra nueva, aboga por seguir llamando la Ribera al lugar. Zorrotzaurre es y seguirá siendo la Ribera. Es un lugar histórico con mucho tejido social y cultural con espacios como Bizinahi, El Mercado, Pabellón 6 o La Terminal. Para ella tiene un aire artístico que le recuerda a Berlín y los nuevos vecinos pueden integrarse perfectamente. Junto al Ayuntamiento, tanto los antiguos vecinos como los nuevos deben dar lo mejor para crear un proyecto que no sea ajeno al barrio, sino que, por el contrario, nazca de él.
A medida que avanzan las obras, Zorrotzaurre sigue definiéndose entre esperanzas y realidades. Grúas marcan el horizonte y los espacios vacíos conviven con paseos recién estrenados, todavía a la espera de transeúntes. La isla aún no es el barrio proyectado, pero ha dejado de ser un territorio olvidado y se encuentra inmersa en un redescubrimiento adolescente. Zorrotzaurre empieza, poco a poco, a encontrar su nuevo lugar en el mapa de Bilbao.