El Banco de Alimentos acelera su ritmo por la nueva ley

El Banco de Alimentos de Bizkaia enfrenta un nuevo desafío gestionando más comida en menos tiempo debido a la reciente ley contra el desperdicio alimentario.

Imagen genérica de cajas apiladas en un almacén de alimentos, con voluntarios en segundo plano.
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Imagen genérica de cajas apiladas en un almacén de alimentos, con voluntarios en segundo plano.

El Banco de Alimentos de Bizkaia trabaja a contrarreloj, ya que la nueva ley contra el desperdicio alimentario ha multiplicado las donaciones de comida, que deben ser distribuidas en cuestión de horas.

Antes de las ocho de la mañana, en el polígono de Basauri donde el Banco de Alimentos de Bizkaia tiene su almacén, ya había movimiento. Furgonetas que entraban y salían, cajas que se apilaban y voluntarios que se cruzaban con prisa. «Ahora trabajamos a contrarreloj», resumía uno de ellos. La nueva ley contra el desperdicio alimentario ha alterado el ritmo de una organización que llevaba tres décadas funcionando y que se enfrentaba a un reto nuevo: gestionar más comida en menos tiempo.
La organización realiza una ruta de recogida de alimentos por varios puntos de Bilbao, como San Mamés, Deusto, Moyua y Rekalde. En los supermercados, los productos ya están preparados, y en apenas quince o veinte minutos la furgoneta vuelve a estar en marcha. Un voluntario comentó que «ahora lo que más nos dan es carne y comida cocinada».
La Ley 1/2025 contra el desperdicio alimentario ha supuesto un gran giro. La obligación de donar excedentes para evitar sanciones —que pueden alcanzar los 500.000 euros— ha disparado la llegada de alimentos, pero también ha complicado su gestión. «La comida cocinada te la dan para el mismo día. Hay que ir lo antes posible para repartirla», explicó un voluntario.
En el Banco de Alimentos nadie cobra, ni siquiera el presidente. Todo funciona gracias a una red de más de 170 voluntarios, en su mayoría jubilados, con una media de edad cercana a los 70 años. Sin embargo, esta estructura empieza a quedarse corta. «Hay más trabajo que antes», insistía un voluntario. «Ahora mismo no damos abasto. No estamos recogiendo en colegios u hoteles, por ejemplo». El motivo es simple: faltan manos. Y ruedas. «Van a tener que comprar otra furgoneta», añadió. Tienen ocho furgonetas y dos de ellas ya no pueden entrar en Bilbao por las restricciones medioambientales.

"Ahora lo que más nos dan es carne y comida cocinada. La comida cocinada te la dan para el mismo día. Hay que ir lo antes posible para repartirla."

un voluntario
Pasadas las 11:30, de vuelta en el almacén, la actividad no se detuvo. El espacio se divide en dos pabellones de unos 700 metros cuadrados. En uno se almacenan productos no perecederos, organizados en función de las necesidades de cada entidad. En el otro, el de «último minuto», todo ocurre más rápido. Es allí donde llegan los alimentos con caducidad inmediata y donde se clasifican para salir al instante.
Otro voluntario explicó mientras revisaba cajas: «Priorizamos lo que caduca hoy o mañana. Siempre avisamos». Sobre una mesa se acumulaban bandejas de comida preparada. «Ahora lo que más estamos recibiendo es pan, bastantes dulces y, sobre todo, comida cocinada. Este miércoles, por ejemplo, habían llegado más de 300 kilos. Hay veces que no somos capaces ni de repartir lo que tenemos», apuntó. Una cifra impensable hacía solo unos meses.
Para equilibrar los productos, los bancos de alimentos también se coordinan entre sí. Intercambian mercancía en función de lo que tenga cada territorio. «Desde Álava nos envían muchísimas patatas, otros congelados o fruta. Así conseguimos que haya variedad y que no se acumule siempre lo mismo», explicaron.
El aumento de volumen es evidente. «Es más trabajo, pero es bueno. El objetivo es doble, que no se tire comida y que la gente la reciba». Aun así, no todo es sencillo. Uno de los retos era evitar pasos intermedios innecesarios. «Ya hemos hecho pruebas con comedores y escuelas, pero es complicado. Intentamos que la comida vaya directamente del colegio a la asociación, sin pasar por aquí. Si no, es una pérdida para todos». «Lo ideal sería que las asociaciones tuvieran furgonetas con frío, pero es difícil», explicó el presidente. «La trazabilidad es fundamental. Si algo llega en mal estado, la responsabilidad es nuestra». Mantener esa cadena intacta es, entonces, uno de los principales desafíos.
La jornada terminó cerca del mediodía. Fueron poco más de tres horas de ruta, varios supermercados y decenas de cajas. En total, el Banco de Alimentos recorre más de 200.000 kilómetros al año con sus ocho furgonetas. Detrás de cada trayecto hay una red invisible que sostiene el sistema. La nueva ley ha puesto a prueba ese engranaje multiplicando las oportunidades —más comida, más variedad—, pero también las exigencias. Ahora, cada recogida es una carrera contra el reloj. Y cada voluntario, una pieza imprescindible.