Nadie es más fiel que un enemigo; tu detractor te vigila y sigue tus pasos. Tienes algo que él envidia. Agradéceselo, pues es mejor que te envidien a que te compadezcan.
Tampoco creas que al detractor le sale gratis. Odiar es agotador. Por irracional que sea su resentimiento, tiene que esforzarse día a día para mantener viva la llama del rencor. Incluso puede envidiar lo que ni siquiera desea para sí, pero no soporta que lo posea su enemigo.
O aún más delirante: que al materializar su odio se perjudique a sí mismo. La típica chulería de «para que se joda el capitán, no como». Es igual que la actitud de los detractores de Trump, que parecen desear que meta la pata en Irán y ganen los feroces ayatolás. Viva el Betis, aunque pierda. No le des más vueltas, somos así.
Pero como cada axioma tiene su paradoja, la importancia de un hombre se mide por el número de sus enemigos. Cuanto más importante seas, más enemigos tendrás. Nunca un presidente de EE. UU. ha sido tan odiado y citado como Trump. «Que hablen de ti aunque sea mal».
Un confeso partidario de Trump como Clint Eastwood, decía que a Trump le perdían la boca y el Twitter, pero no era peor que cualquier otro mandatario o líder político. No solo es cierto, he visto peores cerca de aquí, sin cruzar el charco.
Además de partidario confeso de Trump, Clint Eastwood era un cineasta fantástico y un tipo genial. Despolarizando que es gerundio. Si del amor al odio hay un paso, del odio al amor, supongo que también. Pero menudo paso, tío. Más grande que el estrecho de Ormuz.




