El pasado viernes, José Pedro Raposo escuchó en silencio una canción que le habían preparado una parte del alumnado de 5º curso de primaria de Landako Eskola de Durango. Titulada 'Pedro, ¿dónde andarás?', la pieza, escrita y compuesta desde el colegio público, recorre algunos de los paisajes, animales y recuerdos compartidos durante los casi cinco años que el portugués ha pasado en Basondo. Mientras sonaban versos como 'desde Alentejo a Euskadi, desde Basondo a Portugal', el buen amigo apenas podía ocultar la emoción, en un momento que resumía de forma inesperada el vínculo construido durante este tiempo. La canción se grabó en estudios de Elorrio y Durango con los menores como protagonistas.
A sus 62 años, este luso de Alentejo, exbaloncestista de 2,02 metros, se prepara para esta semana dejar Basondo, el ecosistema de animales de 62.000 metros cuadrados en Kortezubi en el que ha trabajado durante casi un lustro. Evita la palabra despedida con la misma firmeza con la que ha ido construyendo su relato vital estos años, porque no le encaja ni describe lo que siente ni lo que ha vivido. 'Esto es una celebración, esto no es una despedida', dice con serenidad, y añade, 'es un continuar siempre'.
Su llegada a Basondo, junto a la cueva de Santimamiñe y el Bosque de Oma, no fue un destino previsto. Venía de trabajar en una hípica en Cantabria cuando decidió cambiar de rumbo tras encontrar un anuncio de una 'granja escuela' en Bizkaia. Le atrajo el lugar, pero también el deseo de conocer Euskal Herria y su cultura, por lo que envió el currículum sin demasiadas expectativas. La primera visita no despejó todas las dudas, pero sí dejó una intuición clara. 'Yo estaba buscando un sitio donde pudiera tener una casa, hacer un huerto y vivir en el campo', recuerda. Le ofrecieron volver durante una semana y aceptó; al regresar ya tenía una casa habilitada para él. 'Ya vi que era una señal para quedarme', evoca.
Con el tiempo, su relación con Basondo dejó de ser únicamente laboral para convertirse en algo más difícil de definir. 'Igual, finalmente, Basondo me ha acogido a mí', resume. Su trayectoria anterior ayuda a entender esa mirada. En Portugal impulsó una pequeña comunidad de vida compartida en torno a la naturaleza, basada en la convivencia y el trabajo con la tierra, y más tarde conoció el sistema de los kibutz en Israel, una experiencia que reforzó su interés por las formas colectivas de organización y vida en común. En este tiempo, ha mantenido una implicación social activa, con participación en movilizaciones en defensa del territorio de Urdaibai y en protestas en las que ha expresado su crítica antisionista a la situación en Palestina.
Mente leída como pocas, su trabajo en Basondo ha estado ligado al cuidado de animales, pero también a una forma de relación basada en observación y respeto. Desde rapaces como un halcón peregrino de Gorliz hasta una cierva o una marta, cada llegada implicaba pensar en su vida entera allí. 'Cuando acoges a un animal, sabes que va a vivir aquí siempre. Piensas cómo arreglar la instalación para que el animal esté bien, lo más naturalizada posible', explica. Con los años, el parque dejó de ser una suma de especies para convertirse en algo más amplio. 'Yo más que un animal siento que el conjunto es un sistema vivo', resume, y añade: 'Si no hubiera árboles no habría animales. Todo el sistema es lo que funciona'.
Esa manera de entender el entorno también aparece reflejada en la canción que los escolares le han dedicado. En ella, además de recorrer su paisaje, se subraya una forma de mirar la naturaleza y la convivencia que él mismo ha tratado de transmitir durante estos años. Versos como 'diles a las curvas que llegamos a ese lugar donde no hay ciudades, donde nos acuna el mar' o 'y que sople el viento y que traiga prosperidad, y que calle el odio y que sepamos hablar' funcionan como un retrato coral de lo que ha significado su presencia en Basondo para quienes le han conocido desde la escuela.
Entre los muchos animales que han pasado por su vida en Basondo, hay una gata ciega, Orri, que ocupa un lugar especial en su vida. 'Me está enseñando mucho', dice con sencillez. También recuerda momentos difíciles, como la muerte de una yegua que trajo desde Portugal a Cantabria y que finalmente fue devuelta a la naturaleza. 'Vinieron los buitres y la comieron entera. Fue una maravilla, aunque suene así', relata.
Pero si algo ha marcado de forma especial estos años han sido los encuentros con escolares, que en muchas ocasiones no acudían primero a ver a los animales, sino a él. En una visita especialmente significativa, una alpaca se acercó a un niño con autismo que permanecía en silencio, y el grupo entero se detuvo. 'La alpaca puso la cabeza en su pecho. Y ahí estuvieron. Los otros se callaron', rememora. 'Fue una cosa completamente de poner los pelos de punta'. En otra actividad, un niño con necesidades especiales vivió un momento similar junto a una serpiente del maíz, y acabó estableciendo un vínculo inesperado con él durante la visita. Son escenas que, según explica, le acompañan más que muchas otras cosas.
Su vínculo con el entorno escolar ha sido tan intenso que también ha participado en actividades deportivas y comunitarias, entrenando a un equipo de baloncesto de niñas en San Fidel Ikastola de Gernika-Lumo y formando parte del grupo de familias de Landako Eskola que se hicieron llamar Basondistak, un nombre surgido de un niño y que terminó consolidándose como seña de identidad compartida.
Ahora, con la salida próxima, un amiguito que le conoció hace un lustro con 5 años le plantea una pregunta que condensa toda la relación construida: 'Si tuvieras mi edad, diez años, ¿cómo te sentirías si un muy amigo tuyo se fuera de Basondo?'. Pedro traga saliva y responde desde su propia historia, marcada por las separaciones durante la Revolución de los Claveles en Portugal, cuando los vínculos se rompían de un día para otro. 'Mis amigos de pronto desaparecían', lamentaba. Aquella experiencia le llevó a entender que la distancia no siempre supone un final. Por eso insiste en que nada termina del todo. En que las cosas, cuando han sido vividas así, simplemente continúan de otra forma. 'Es un continuar siempre', se despide sin despedirse.




