El Último de la Fila deslumbra en el BEC de Barakaldo con un concierto cargado de nostalgia

Manolo y Quimi regresan tras 30 años de ausencia y conectan con 16.000 fans en una noche de himnos y emoción.

Imagen genérica de un concierto, con luces brillantes y multitud.
IA

Imagen genérica de un concierto, con luces brillantes y multitud.

El Último de la Fila, liderado por Manolo y Quimi, llenó anoche el BEC de Barakaldo en la segunda fecha de su gira de despedida, reuniendo a 16.000 fans en un concierto nostálgico.

Con una energía desbordante y un repertorio cargado de nostalgia, El Último de la Fila ofreció anoche su segunda y última cita en el BEC de Barakaldo, congregando a 16.000 personas. Manolo y Quimi, al frente de la banda, repasaron durante más de dos horas clásicos inolvidables como Insurrección, Soy un accidente, Aviones plateados, Sara y Como un burro amarrado en la puerta del baile, demostrando la vigencia de sus letras poéticas y melodías pegadizas que fusionan rock, pop, flamenco y psicodelia.
Treinta años después de su último concierto en 1996, el dúo, símbolo de amistad y genio creativo, arrasó una vez más en Bizkaia. Sin sorpresas en el repertorio ni en la puesta en escena, la banda demostró el poder de sus canciones, convertidas en himnos que han marcado la banda sonora de generaciones y que el público recordó con una mezcla de alegría y nostalgia.
El concierto arrancó con Huesos de Los Burros, un guiño a sus inicios casi hard rock. Tras un saludo en euskera de Manolo, quien fue aligerando su vestuario a lo largo de la noche, sonaron temas como Conflicto armado, con una posible alusión a Irán, y Querida Milagros, un grito pacifista acompañado por la guitarra de Pedro Javier González. La banda, con la contundente batería de Ángel Celada, interpretó también Mi patria en mis zapatos, con ecos morunos y palmas flamencas.
Confirmando que gran parte del repertorio se centraría en sus primeros trabajos, especialmente en el álbum Enemigos de lo ajeno, sonaron clásicos como Aviones plateados y El loco de la calle. La amistad y la felicidad que sienten al recuperar su legado fue palpable, especialmente en temas como No me acostumbro, con su riff sucio, y Soy un accidente, crónica de la fragilidad humana. La emotiva balada Mar antiguo también formó parte de la velada.
Arropados por un sonido potente y prístino, y con la banda que incluía miembros originales como el bajista Antonio Fidel y el guitarrista Josep Lluís Pérez, repasaron temas de todas sus épocas, desde la juvenil Disneylandia hasta Sin llaves, única de su último disco. La sorpresa de la noche fue la aparición de Martin Larralde y Ruper Ordorika, quienes interpretaron algunas de sus canciones ante un público entregado.
La escenografía limpia y la ausencia de artificios innecesarios permitieron a la banda moverse con libertad. Mientras Quimi mantenía un discreto segundo plano, Manolo conectó intensamente con el público, recorriendo la pista durante Canta por mí. Temas como Cuando el mar te tenga, El que canta su mal espanta y Llanto de pasión resonaron con fuerza. La hija de Manolo, Sara, colaboró como guitarrista invitada en la canción homónima.
El tramo final del concierto fue apoteósico. Tras dedicar elogios al público vasco y de otras comunidades, sonaron Dulces sueños, Lejos de las leyes de los hombres, Ya no danzo al son de los tambores, Los ángeles no tienen hélices, Como un burro amarrado en la puerta del baile y la inevitable Insurrección. El concierto concluyó con El rey, una jota navarra interpretada por el batería, y un mensaje ecologista de Manolo, dejando al público con la memoria llena de retales de su vida y la gratitud por la nostalgia vivida.