El fallecimiento de Garaikoetxea subraya el significado histórico del regreso de Leizaola

La muerte del expresidente Carlos Garaikoetxea ha rememorado el momento histórico del regreso del lehendakari exiliado Jesús María Leizaola en 1979.

Una llave simbólica sobre una mesa de madera, con documentos históricos borrosos y una fachada de edificio vasco tradicional al fondo.
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Una llave simbólica sobre una mesa de madera, con documentos históricos borrosos y una fachada de edificio vasco tradicional al fondo.

El fallecimiento de Carlos Garaikoetxea ha rememorado el momento histórico del regreso del lehendakari exiliado Jesús María Leizaola en 1979, simbolizando una continuidad histórica que la dictadura no logró quebrar.

La muerte de Carlos Garaikoetxea, este lunes 4 de mayo, ha reabierto una herida y, al mismo tiempo, una memoria: la de un tiempo en el que la política no era solo gestión, sino también símbolo, dignidad y resistencia. Entre todos los episodios que jalonan su trayectoria, hay uno que hoy adquiere una fuerza especial: el recibimiento al lehendakari en el exilio, Jesús María Leizaola.
Aquel acto fue mucho más que una ceremonia institucional; fue la escenificación de una continuidad histórica que la dictadura no había logrado quebrar. El regreso del lehendakari zarra no fue simplemente el retorno de un hombre, sino –dicen– el de “una legitimidad”. Durante décadas, el Gobierno Vasco había sobrevivido en el exilio como depositario de la voluntad expresada en 1936, tras el juramento de José Antonio Aguirre bajo el Árbol de Gernika.
Cuando Leizaola cruzó de nuevo las puertas de la Casa de Juntas, lo hacía cargando con ese legado, con el peso de una historia suspendida que, por fin, encontraba suelo firme en su tierra. El 15 de diciembre de 1979 volvió definitivamente el exilio que encarnaba Leizaola. Le esperaban en el aeropuerto de Sondika, según evoca una militante de EA de aquel tiempo.

"El lehendakari Leizaola no era dado a grandes o grandilocuentes gestos, pero su emoción y la nuestra eran locuaces y se palpaban. Sus palabras, su discurso, vibrante y contenido, comenzaron naturalmente bajo el Árbol, símbolo de nuestras libertades."

Una militante de EA
En el interior, la solemnidad se mezclaba con la emoción contenida. Representantes políticos, entre otros, miembros históricos del nacionalismo vasco, “instituciones renacidas”, todos eran “conscientes de que no se trataba de un acto más”. Era dar cerrojo con aquellas mismas llaves –a modo metafórico– a un ciclo iniciado con el Golpe de estado español, la guerra, el exilio y la larga noche de la dictadura. Y en el centro de todo, dos figuras: el lehendakari que regresaba y el lehendakari que encarnaba el presente.
Fue entonces cuando se produjo uno de los gestos más potentes de aquel día. Jesús María Leizaola entregó las llaves simbólicas de la sede de la Delegación del exilio de París, aquellas que habían representado durante décadas la continuidad institucional. El entonces presidente del Consejo General Vasco, Carlos Garaikoetxea, las recibió con “respeto reverencial” y, en un acto cargado de significado, las besó. Aquel contacto no fue un gesto protocolario: fue la afirmación de “una legitimidad heredada, el reconocimiento de que el nuevo tiempo no nacía de la nada, sino que era fruto de una historia de resistencia”. A continuación, fueron dos presidentes sellados por un abrazo.
Los discursos que acompañaron el acto reforzaron esa idea. Se habló de reconstrucción, de autogobierno, de futuro, pero también de memoria. De la necesidad de no olvidar el sacrificio de quienes mantuvieron viva la llama en los años más oscuros. De “la obligación de construir una Euskadi democrática sin renunciar a los principios que habían dado sentido a aquella larga travesía”.
Aquel día, la Casa de Juntas de Gernika fue un espacio de reconciliación entre pasado y presente. El lehendakari del exilio y el lehendakari del nuevo tiempo se encontraron no como figuras opuestas, sino como “eslabones de una misma cadena”. Y en ese encuentro, dicen, “la política recuperó algo que hoy a menudo parece perdido: su dimensión ética y simbólica”.