Para celebrar la llegada del verano, dejamos a un lado la temática habitual y recordamos anécdotas donostiarras centradas en los relojes históricos de la ciudad, especialmente el del Boulevard. Este fue un punto de encuentro obligado para generaciones de donostiarras en la Parte Vieja, antes de la fiebre de los pintxos elaborados en serie y la influencia de las redes sociales. El barrio aún no había sido gentrificado y estaba habitado mayoritariamente por locales.
En la ciudad amurallada del siglo XIX, existían cuatro relojes: los de las iglesias de Santa María y San Vicente, el de la Casa Consistorial en la Plaza Nueva y el reloj de sol de la Plaza Vieja. Este último sirvió de referencia para los donostiarras desde 1819 hasta su desprendimiento en 1906, sin causar víctimas. Nunca se repuso.
Posteriormente, aparecieron otros relojes de referencia en el Boulevard, al inicio de la calle San Jerónimo. Uno de ellos, el del tranvía eléctrico de 1958, era el lugar donde la cuadrilla se reunía antes de salir a tomar potes o txakoli.
En 1997, se reformó el Boulevard, con diseño del ingeniero Javier Mainar, ganando espacio peatonal. Los Talleres Leorpe de Hernani restauraron y volvieron a montar el quiosco de planta elíptica, de estilo modernista con vidrieras de Casa Maumejean y columnas de fundición, obra del arquitecto Ricardo Magdalena, desplazándolo unos metros de su ubicación original.
El reloj actual procede de Ondarreta y tiene su propia historia secreta. En 1976 ya existía un pequeño reloj sobre una columna de fundición con la inscripción SS 1895 a la salida del túnel de Ondarreta. Enrique Bulnes, el relojero municipal, siempre reclamaba su sustitución. Bulnes y José Manuel Del Rey, jefe de Vías Públicas, diseñaron un nuevo reloj imitando un reloj de bolsillo, que fue fabricado y sustituyó al histórico, enviado a la chatarrería.
Poco después de su instalación en Ondarreta, fue trasladado al reformado Boulevard, y en su lugar se colocó uno más pequeño de catálogo, que es el que permanece en la actualidad.
Recordando a Mainar, se cuenta una anécdota: él solía decir que era el único donostiarra que había recibido un beso de Ava Gadner. La actriz Ava Gadner nunca visitó Donostia, a pesar de haber vivido en Madrid y tener sonadas relaciones. En 1955, de regreso de París, hizo escala en la ciudad y cenó en el restaurante Salduba de la Parte Vieja. Al finalizar, pasó a la cocina y dio un cariñoso beso en la mejilla a un chico de diez años.
Mención especial merece también el reloj de Ategorrieta –Puertas Coloradas–, un referente para los empleados de la Compañía del Tranvía.
Para el domingo, en el ámbito gastronómico, se sugieren: crema de espárragos, txangurro al horno, tarta de manzana de Errota Berri, vino tinto de crianza Ostatu, agua del Añarbe y petit fours de Oa de Hernani.




