Entre mediados del siglo XIX y principios del XX, Errenteria fue conocida como la “Pequeña Manchester” debido a su importante entramado industrial, que incluía fábricas textiles, de curtidos, la Real Compañía Asturiana de Minas y una fábrica de harinas. Este pasado industrial dejó una huella significativa en el paisaje y en la memoria de sus habitantes, lo que explica la constante aparición de artículos sobre esta época en la revista Oarso, publicada anualmente antes de las fiestas de Madalenas.
El último número, el 60, ha dedicado dos trabajos a la fábrica de bizcochos y galletas Olibet, que más tarde adoptaría el nombre de La Ibérica. Esta empresa operó entre 1886 y 1964, convirtiéndose en un referente del sector en España durante varias décadas.
El periodista Koldo Ordozgoiti, en su artículo, se centra en las estrategias comerciales y de marketing de la fábrica, que se apoyaban en catálogos de estilo modernista. Una de las claves de su éxito fue convertirse en las galletas predilectas de la reina María Cristina. La apertura de la fábrica en 1886 coincidió con el inicio de las estancias veraniegas de la reina en San Sebastián. Esta proximidad a la corte fue una oportunidad estratégica que la compañía supo aprovechar eficazmente, posicionándose como proveedora de la Casa Real y utilizando este aval como una potente herramienta de promoción y prestigio.
El catálogo, recientemente recuperado por Ordozgoiti, ilustra esta estrategia con elementos como el sello de proveedor real, las galletas Miramar o las denominadas ENA, acrónimo de Victoria Eugenia. La imagen de marca, de corte modernista, reforzaba la asociación con la realeza, mientras que la presencia constante del nombre Rentería en envases y soportes publicitarios consolidó la identidad local. La empresa también destacó por su temprana apuesta por la publicidad gráfica, utilizando carteles, calendarios y cromos para ampliar su mercado y fidelizar a la clientela.
Este despliegue contribuyó a que Errenteria fuera conocida como la “villa galletera” y a que sus habitantes fueran popularmente llamados “galletariak”, un apelativo que ha perdurado incluso después del cierre de la fábrica. En el mismo número de Oarso, Maite Ruiz de Azúa analiza el uso de la música como estrategia publicitaria. Desde finales del siglo XIX, la música ha sido una herramienta significativa en la promoción comercial.
En el caso de Olibet, diversas partituras revelan cómo el sonido y la imagen se integraron en la promoción, tanto en contextos industriales como en escenarios inusuales, como el sistema penitenciario de la posguerra. Una de las primeras referencias data de 1884, con una partitura ilustrada por Ch. Taulet, cuya letra humorística exaltaba las virtudes del producto. Estas composiciones eran comunes en la época para apoyar la venta ambulante y en ferias. Más tarde, en la posguerra, surgió un himno dedicado a las galletas Olibet, compuesto en el penal de El Puerto de Santa María (Cádiz), aunque no hay pruebas de que la empresa lo utilizara o de su difusión fuera del ámbito carcelario.




