Por encima de la técnica, incluso de la imagen, existe una intuición fundamental para este fotógrafo: la de saber esperar a que la persona se olvide de la cámara y la luz sea la justa. Durante décadas, este profesional ha estado haciendo precisamente eso en Oñati: observar, escuchar y disparar en el instante en que todo encaja.
Su trayectoria se inició, como muchas historias, casi por casualidad. La fotografía no fue su primera vocación. A finales de los años 80, comenzó con el vídeo, pero pronto se dio cuenta de que no era exactamente lo que buscaba. Lo suyo no era el movimiento, sino la quietud que invita a detenerse y reflexionar. Quería imágenes con contenido, que sugirieran algo y llevaran a la reflexión. Así, el arte fue ganando peso a golpe de 'clic', primero como tanteo y luego como lenguaje propio, siempre en analógico. Le costó cambiar a lo digital, ya que en el carrete encontraba un valor único: el error y el misterio, una forma de aprendizaje.
“"Salían 24 fotos y 20 eran malas, pero ibas aprendiendo así."
El aprendizaje también tuvo un componente físico, casi ritual: madrugones, frío y silencio. Recuerda cuando empezó a fotografiar amaneceres. Aquellos primeros intentos por atrapar luces y colores imposibles supusieron una auténtica revelación. Fue entonces cuando pensó: “esto es lo mío”. Así, a las cuatro de la mañana, emprendía camino hacia Belar o cualquier rincón cercano de Oñati, cámara en mano, con la intención de fijar en una imagen ese instante irrepetible.
Con el tiempo, la fotografía dejó de ser solo una afición. Aunque su día a día ha seguido ligado a la industria, la cámara se convirtió en una necesidad, una vía de escape. Durante años no salía sin ella, siempre queriendo estar preparado por si aparecía el momento. En casa, además, lo tenían asumido, su familia le acompañaba. El estudio llegó después, casi como una evolución natural. Al principio todo sucedía en su propio hogar, pero finalmente decidió dar el salto. Lleva más de una década en su sede actual, en el bajo del número 7 de Olakua, un laboratorio creativo y punto de encuentro a la vez.
A lo largo de estos años, uno de los rasgos más reconocibles de su trabajo ha sido el Chester, el sofá que convirtió en escenario para retratar a vecinos y vecinas. La idea nació de una necesidad práctica: necesitaba una referencia. Aquel mueble aportaba un punto de anclaje reconocible, casi escénico, pero sin artificio. Por él han pasado entre 2.500 y 3.000 personas, una cifra que impresiona tanto como la diversidad de rostros y trayectorias que reúne. No todos son de Oñati, pero sí personas vinculadas al pueblo.
Su mirada, sin embargo, nunca se ha quedado dentro. Siempre ha estado fuera, en la calle, en ese ir y venir constante donde las personas se muestran sin guion. Lo que más valora es el contacto con la gente. Prefiere las escenas que surgen sin avisar a los retratos impostados, cuando la naturalidad se impone. Ese mismo enfoque es ahora su marca personal. Hace del aire libre su espacio, guiado por la intuición. Mira, detecta, elige. A veces el acercamiento es directo, casi espontáneo; otras, requiere unos minutos de conversación que rompen la distancia y abren el encuadre. Por delante de su objetivo han pasado infinidad de personas: de forma individual, en familia, entre amigos y mayores, a las que dedica especial atención. Muchas de ellas pueden contemplarse en su perfil de Instagram, convertido en un álbum vivo de su recorrido a pie de asfalto, mientras otras permanecen fuera de ese escaparate digital, en un archivo más íntimo, igual de valioso, donde también se construye su memoria fotográfica.
Ese sello particular convive con su actividad profesional: comuniones, fotos de estudio, bodas, encargos de distinto tipo. Pero detrás de todo ello hay un origen que se remonta a mucho tiempo atrás, a las visitas del fotógrafo, siendo niño, a un fotógrafo oñatiarra, y a aquellas instantáneas que se llevaba a casa casi como pequeños tesoros. Quizá ahí arrancó todo. Desde entonces, su relación con la fotografía conserva intacto su sentido: una forma de acercarse a la gente, de detenerse en lo cotidiano y de encontrar en cada persona algo que merece ser guardado.




