La autora recuerda a su antiguo profesor de euskera, Jon, a quien describe como estricto pero también agradable. Con la perspectiva del tiempo, considera que fue un buen profesor y que le inculcó el deseo de seguir aprendiendo euskera, a pesar de que en casa no se hablara.
Se euskaldunizó en la escuela y, como suele ocurrir en su pueblo, socializó en euskera con hijos de personas castellanohablantes, independientemente de si sus padres eran españoles o pakistaníes.
Realizó toda su escolarización en euskera, tanto obligatoria como optativa. Tras finalizar la universidad y empezar a trabajar, obteniendo ya el EGA en Bergara, volvió a empezar con cursos de euskera en las escuelas, el primero en Arrasate Press.
Mientras dirigía el semanario Anboto en Durangaldea, acudía a Eibar, a Markesku, a un curso de escritura organizado por la UEU. Siempre ha tenido correctores cerca, ya que el euskera es un idioma que debe trabajarse.
Se identifica como alumna del modelo D y le cuesta imaginar que el modelo D por sí solo hubiera sido suficiente en su proceso de euskaldunización sin un entorno euskaldun. Tiene claro que la base la puso la escolarización en euskera, pero también que su entorno euskaldun fue lo más valioso en ese proceso.
Todo esto le ha venido a la memoria a raíz de los resultados del examen de Euskera de las pruebas de acceso a la universidad, donde ha tenido que vivir el proceso por motivos laborales. Cada vez es más difícil tener la suerte que ella tuvo, y por eso el proceso es más arduo para quienes se euskaldunizan en el modelo D, y aún más duro para los escolarizados en el modelo A que viven en entornos no euskaldunes.
Considera que es imposible pensar que quienes realicen el mismo examen de euskera obtendrán resultados similares. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que el error no está en los correctores, sino en la raíz: en el modelo A, recordando que 'el rey está desnudo'.




