El Orfeón Bermeano, hoy conocido como Bermeoko Abesbatza, nació oficialmente en abril de 1956 de la unión de los coros parroquiales y el impulso vecinal por armonizar. Este proyecto no fue académico, sino una respuesta a la “necesidad de cantar” compartida por todo un pueblo, según su directora. En sus inicios, el coro llegó a reunir a casi cien voces mixtas, consolidándose rápidamente como una de las agrupaciones más potentes de Euskal Herria.
La trayectoria de la entidad ha estado marcada por figuras que supieron guiar ese talento local, como el musicólogo José Antonio Egia, quien lideró una etapa dorada de grabaciones y prestigio, o Gaizka San Pedro, quien mantuvo vivo el espíritu de la formación hasta 1990. Es en esa época cuando se gesta el relevo actual: Karmele Barrena entró en el coro en 1984 y, tras formarse y asumir tareas de dirección, tomó el cargo de manera ininterrumpida en 1997. Bajo su batuta, Bermeoko Abesbatza ha navegado por el cambio de siglo manteniendo vivos hitos que definen su identidad, como el recuerdo de los dos discos grabados en los años 60 o la emblemática obra de 20 minutos Poema Bermeo.
“"Mi intención como directora es una exigencia de calidad; ese es nuestro punto fuerte."
La directora identifica el 50 aniversario celebrado en 2006 como el gran punto de inflexión de su etapa, ya que lograron movilizar a antiguos coralistas para crear un grupo “potente” que se mantuvo estable durante años. La programación para este aniversario busca, una vez más, llevar la música coral a la calle, con un acto central en vísperas de San Pedro dedicado a todas las personas que han pasado por las filas del orfeón, además de los tradicionales conciertos de Navidad con músicos locales.
En los últimos dos años, la agrupación se ha desplazado a pueblos vecinos que no tienen coro propio, como Forua, Murueta o Sukarrieta. Estas salidas surgen de una gestión muy directa, según explica la directora, y permiten al grupo salir de su entorno habitual y colaborar en causas solidarias, como el intercambio que mantienen con un coro de Donostia para ayudar a la asociación Zaporeak.
Sin embargo, el coro no es ajeno al cambio en los hábitos de ocio y al difícil relevo generacional. Con una media de edad que ronda los 60 o 65 años y una mayoría de voces femeninas, la principal dificultad es encontrar a gente dispuesta a asumir el compromiso que requiere la actividad. La directora reconoce que la exigencia de los ensayos, dos días a la semana, de ocho a nueve y media de la noche, choca a veces con los ritmos de vida actuales. Al mirar al futuro, la meta es clara: tras siete décadas de historia y miles de horas de ensayo, el objetivo es seguir adelante con la misma dignidad que hasta ahora.




