La búsqueda de vivienda para estudiantes universitarios se ha complicado en los últimos años, convirtiendo el factor suerte en algo fundamental. Más allá del presupuesto, la rapidez para responder y adelantarse a los demás son claves, ya que el margen para comparar prácticamente ha desaparecido.
La experiencia acumulada también marca diferencias. Un estudiante de Irun, en la recta final de Ingeniería Civil en la EHU, ha observado la evolución del mercado. En su caso, el alquiler de un piso de tres habitaciones ha pasado de 1.000 a 1.080 euros, una subida leve dentro de una tendencia generalmente alcista. Encontró el piso gracias a contactos de la residencia bilbaína de Blas de Otero y, cuando un compañero se marchó, recurrieron a un cartel en la universidad para cubrir la vacante.
“"Quería un piso normal, no algo pensado solo para Erasmus, pero fue imposible."
Para los estudiantes internacionales, la experiencia añade otra capa de complejidad. Llegan sin una red previa de contactos, sin referencias y con menos margen para reaccionar ante un mercado que exige respuestas rápidas. Un estudiante procedente de Friburgo (Alemania) y otro de Tampere (Finlandia) cursan su estancia en la urbe con una integración total en el campus de San Mamés. Sin embargo, la búsqueda de vivienda no ha sido sencilla. Un estudiante, que paga 440 euros por una habitación en Santutxu, explica que le fue imposible encontrar un piso que no estuviera diseñado exclusivamente para estudiantes Erasmus.
Aun así, la experiencia en la villa compensa las dificultades. Paseos por la ría, escapadas a la costa o la propia vida universitaria forman parte de un día a día que, para muchos, sigue mereciendo la pena. Solo falta la llave que les abra la puerta.




