Los Tesoros Ocultos del Museo de Bellas Artes de Álava: De Sorolla a los Maestros de Dalí y Picasso

El museo de Vitoria-Gasteiz alberga una rica colección de arte español de los siglos XVIII al XX y arte vasco, con entrada gratuita.

Vista exterior del Museo de Bellas Artes de Álava, ubicado en un elegante palacete.
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Vista exterior del Museo de Bellas Artes de Álava, ubicado en un elegante palacete.

El Museo de Bellas Artes de Álava, ubicado en el Palacio Fray Francisco de Vitoria-Gasteiz, ofrece un fascinante recorrido por el arte español de los siglos XVIII al XX y el arte vasco de 1850 a 1950, con entrada gratuita.

Vitoria-Gasteiz no solo se enorgullece de edificios emblemáticos como la imponente Catedral Nueva, la majestuosa Catedral Vieja o el elegante Palacio Villasuso, sino que también atesora una joya que deslumbra tanto por su fachada como por los secretos que alberga en su interior: el Museo de Bellas Artes de Álava. Este museo es de acceso gratuito y abre de martes a sábado en horario de mañana y tarde, y los domingos por la mañana.
Situado en un palacete de principios del siglo XX (el Palacio Fray Francisco), este museo propone un viaje cautivador a través del arte español desde el siglo XVIII hasta el XX, con una dedicación especial al arte vasco producido entre 1850 y 1950. Los espacios originales del palacete, como el despacho o la capilla, han sido transformados en salas que exhiben obras extraordinarias, complementadas por una ampliación moderna que permite mostrar al público una colección aún más rica y diversa.
Entre las piezas más destacadas del Museo de Bellas Artes de Álava, los visitantes podrán admirar: un retrato de Joaquín Sorolla, pinturas que sirvieron de inspiración a Cristóbal Balenciaga, obras de maestros que formaron a Dalí y Picasso, y valiosas reliquias conservadas en perfecto estado.

Díaz Olano, quien era profesor en el Instituto de Segunda Enseñanza de Vitoria, cedió la obra para decorar el hall del edificio con motivo de una visita real a la capital alavesa.

La obra Restaurante, pintada por Ignacio Díaz Olano en 1897, ilustra el contraste entre el lujo burgués y la miseria de los más humildes. Inspirado por una escena vista en el Café de la Paix de París, el artista divide el lienzo entre la opulencia interior y la desolación exterior. Su obra Rezo del ángelus en el campo, de 1899, es un tributo al trabajo agrícola y a la tradición religiosa, con bocetos realizados en Estarrona utilizando a los habitantes locales como modelos.
Fernando de Amárica, tras su primer viaje a París, pintó Ciudad con sol y Ciudad con lluvia en 1905 y 1906, respectivamente, ambas representando la Plaza de la Virgen Blanca desde la iglesia de San Miguel. Aurelio Arteta, uno de los artistas vascos contemporáneos más relevantes, plasma los horrores de la Guerra Civil en un tríptico encargado por el Gobierno Vasco en el exilio. De la serie de retratos de Sorolla, destaca una faceta más íntima y sombría en el retrato de su amigo Luis López Ballesteros.
José Garnelo y Alda, maestro de figuras como Picasso y Dalí, captura el dinamismo de bailarinas alemanas en su obra Escuela Dalcroze Hellerau de 1922. Un cuadro de Darío de Regoyos de 1893 retrata la infancia del futuro rey Alfonso XIII junto a su madre María Cristina en la playa de Ondarreta, con la peculiar “playa móvil” que les permitía bañarse con privacidad.
El retrato de Doña Carmen Arconada, obra de Ignacio Zuloaga, exhibe un imponente vestido rojo que evoca el estilo de Cristóbal Balenciaga, quien se inspiraba en las pinturas de Zuloaga. Ramón de Zubiaurre, en su cuadro Autoridades de mi aldea de 1910, logra capturar el “alma” del folclore vasco. Carlos de Haes, considerado el “padre” del paisajismo español, revolucionó este género con obras como la que representa los Picos de Europa en 1876. Josep María Sert, el artista más cotizado de Europa, hace un guiño a la novela picaresca en su obra La siesta de los segadores de 1920.
El relicario de Martioda, perteneciente a la poderosa familia noble vasca Hurtado de Mendoza, fue encargado en la corte española de Bruselas en el siglo XVII. Esta pieza, que refleja la moda de exhibir reliquias como símbolo de estatus, se encuentra en la capilla del Palacio Zulueta, un lugar elegido por la costumbre de las familias nobles de tener capillas privadas en sus residencias. No existe nada similar en Europa.
El propio Museo de Bellas Artes es una joya arquitectónica. El edificio es un palacete construido por los renombrados arquitectos Javier Luque y Julián Apraiz, quienes también ganaron el concurso para la construcción de la Nueva Catedral. Ricardo Augustin y Elvira Zulueta encargaron este palacio como su residencia. Tras la trágica muerte de Elvira, Ricardo abandonó el palacio, que permaneció vacío hasta ser adquirido por la Diputación Foral de Álava por tan solo 3.600 euros. De inspiración renacentista, destaca su gran vestíbulo, la majestuosa escalinata hacia el jardín y sus elegantes estancias. Desde los años 70, también acoge el legado de Fernando de Amárica, con una colección de unas 250 obras.