El retablo mayor de la iglesia del convento de Santa Clara de Azkoitia está siendo restaurado. La restauradora Carmen Martín y su auxiliar Aiora Elkoro trabajan para reparar los daños causados por el tiempo y los insectos xilófagos.
Según explicó Carmen Martín, "aparentemente no presenta daños relevantes, pero la realidad es distinta. El ataque de insectos xilófagos ha afectado sobre todo a la zona de la predela y a otros puntos del retablo, convirtiendo el soporte de madera en serrín y debilitando las zonas afectadas".
Los trabajos de restauración también corregirán errores de intervenciones pasadas. "En muchas ocasiones esas intervenciones son realizadas por personas sin formación o aplicando criterios de restauración en desuso que alteran la visión general de la obra. Vamos a frenar el deterioro y devolverle la estabilidad y una lectura visual correcta, respetando el paso del tiempo".
Estas labores se prolongarán hasta mediados de julio e incluirán la limpieza de suciedad superficial, la eliminación de elementos y materiales ajenos a la obra, la consolidación de las partes de soporte debilitadas y la reconstrucción volumétrica, del dorado y de la policromía en zonas dañadas.
La restauración del retablo es el punto de partida de un proyecto más ambicioso de la Fundación Valle de Iraurgi. Este grupo está formado por personas vinculadas a Azkoitia y al valle de Iraurgi por su relación con la casa-torre Balda.
Se trata de descendientes del linaje Balda, que ahora se han agrupado en una fundación para poner en valor la cultura y las tradiciones de la zona. Inicialmente, vincularon el proyecto a la casa-torre Balda, pero al no ser posible, optaron por el convento de Santa Clara.
Los orígenes del convento se remontan a principios del siglo XVII, cuando las primeras monjas llegaron el 27 de septiembre de 1607. Durante más de 400 años, sus paredes estuvieron ocupadas por religiosas dedicadas a la oración y al trabajo intramuros. Esta situación se mantuvo hasta el 2 de diciembre de 2017, con la marcha de sor Piedad Iruarrizaga, la última monja.
La Fundación Valle de Iraurgi tiene como meta restaurar completamente el convento y devolverlo, en la medida de lo posible, a su estado original de los siglos XVI y XVII. "Pretendemos eliminar aquellos añadidos realizados a lo largo de los siglos que han alterado la armonía arquitectónica del conjunto, recuperando el contexto histórico original del edificio y rehabilitando también sus jardines".
A esta labor se sumará un programa para convertir el convento en un centro cultural, que albergará las actividades de la fundación y acogerá eventos para su sostenibilidad. "Para garantizar su mantenimiento será necesario organizar eventos y actividades que generen recursos económicos. El coste de la restauración y el mantenimiento de las instalaciones será muy elevado y habrá que dotarse de medios para afrontarlos", subrayó Balda.
Además, se espera que el convento actúe como dinamizador social y económico de la comarca, un objetivo en el que la Fundación Valle de Iraurgi ha depositado muchas ilusiones.




