La escena es familiar para muchas familias: el bebé llora cuando una persona de referencia sale de la habitación, se aferra a sus padres o protesta cuando se queda al cuidado de otra persona. Aunque esta situación puede generar preocupación, los especialistas recuerdan que la ansiedad por separación es una fase habitual del desarrollo infantil y que, según la Asociación Española de Pediatría (AEP), afecta aproximadamente al 50-60% de los bebés. Lejos de indicar un problema, esta reacción es una muestra de que el niño está desarrollando un vínculo afectivo seguro y avanzando en su maduración emocional y cognitiva.
La denominada ansiedad por separación suele manifestarse entre los seis y los doce meses de edad, coincidiendo con un momento en el que el bebé ya ha establecido un fuerte apego con sus figuras de referencia, pero todavía no comprende que estas siguen existiendo aunque no estén presentes. Durante esta etapa es frecuente que el niño se muestre más demandante, llore con mayor facilidad o necesite más contacto físico. También pueden aparecer dificultades en las despedidas, rechazo a quedarse con otras personas o incluso despertares nocturnos más frecuentes. Los expertos subrayan que estas conductas forman parte del desarrollo normal.
La ansiedad por separación está relacionada con la llamada permanencia del objeto, una capacidad cognitiva que permite comprender que las personas y los objetos continúan existiendo aunque no estén a la vista. Mientras esta habilidad se desarrolla, la ausencia de los padres puede generar inseguridad y miedo. Por eso, los especialistas recuerdan que el llanto o la protesta son respuestas normales. De hecho, la existencia de un fuerte apego es un factor positivo para el desarrollo emocional y proporciona al niño una base segura desde la que ir adquiriendo autonomía.
La intensidad de esta etapa varía de un niño a otro y también puede verse influida por factores externos. Cambios en la rutina diaria, el inicio de la guardería, una mudanza o la incorporación de nuevas figuras de cuidado pueden intensificar temporalmente la ansiedad. Los pediatras y psicólogos infantiles recomiendan mantener rutinas estables, ya que ayudan al bebé a anticipar lo que va a ocurrir y le aportan seguridad. Las despedidas deben ser breves, tranquilas y afectuosas.
Los especialistas aconsejan realizar separaciones progresivas, comenzando con ausencias cortas e incrementándolas poco a poco para favorecer la adaptación. También puede resultar útil recurrir a un objeto de apego, como una mantita, un peluche o cualquier elemento familiar que proporcione seguridad emocional en ausencia de los padres. Mantener una actitud tranquila y transmitir confianza también ayuda al niño a interpretar la separación como algo temporal y seguro.
Aunque se trata de una fase normal, conviene pedir consejo al pediatra o a un especialista en salud infantil si el miedo a la separación es extremadamente intenso, persiste más allá de los tres o cuatro años, impide que el niño vaya a la escuela o se relacione con otras personas, va acompañado de síntomas físicos frecuentes como vómitos o dolores abdominales, o genera un malestar significativo en la vida familiar. En la mayoría de los casos, sin embargo, la ansiedad por separación desaparece progresivamente.
Para muchas familias, este periodo puede resultar agotador y generar dudas. Sin embargo, los expertos coinciden en que la ansiedad por separación forma parte del crecimiento emocional y no requiere alarma, sino paciencia, acompañamiento y constancia en el día a día. Con el tiempo, y gracias a un entorno seguro y predecible, la mayoría de los niños superan esta fase de manera natural y continúan avanzando hacia una mayor autonomía.




