Euskal Herria posee una cualidad que atrae a diversos artistas multidisciplinares, una conexión que no es exclusiva de la actualidad, sino que ya se manifestaba hace un siglo. Un claro ejemplo de ello es la celebración del nacimiento del pintor Enrique Albizu Perunera, nacido en Valencia en 1926 y fallecido en Hondarribia en 2014. Por este motivo, el Centro Cultural Amaia festeja la trayectoria de este artista esencial con la exposición Nacido para pintar.
Con el patrocinio del Ayuntamiento de Irun, el centro presenta una muestra antológica que recorre la obra de uno de los creadores más significativos de nuestro entorno cultural. Inaugurada el pasado 27 de febrero, la exposición permanecerá abierta hasta el 3 de mayo, reuniendo alrededor de 110 obras procedentes de entidades públicas y colecciones particulares. Lejos de ser una muestra cronológica, propone un diálogo visual entre las distintas facetas de un artista que supo captar la esencia de las personas.
Hijo de alavés y navarra casados en Irun, Enrique Albizu pasó su infancia en Madrid hasta el regreso familiar a la localidad guipuzcoana tras la guerra (1936-1939). En 1939 inició su formación artística en la Academia de Dibujo de Irun y, tras una trayectoria de formaciones internacionales, regresó a Euskadi en 1960, estableciéndose en Hondarribia. A partir de entonces, expuso individualmente y participó en numerosas muestras colectivas en Donostia y el resto de Gipuzkoa. Esta etapa, marcada por su fuerte vínculo con el territorio vasco, se corresponde con su momento de mayor esplendor artístico.
Albizu fue, ante todo, un maestro del retrato, capaz de plasmar en cada rostro la esencia, las emociones y la historia del modelo. No obstante, también poseía una gran sensibilidad para captar la luz de los paisajes. Su mirada se extendía a los otoñales bañados por la luz del atardecer, a bodegones con cerámicas y frutas, y a composiciones lúdicas con muñecos y objetos de vivo colorido. Su técnica era tan variada como su temática: óleo, cera, tiza. En el dibujo, destacaba su dominio de la barra sepia, un instrumento monocromo que, en manos expertas, revelaba toda la paleta de matices de un rostro. Un claro ejemplo de su amor por Euskal Herria son sus óleos sobre arrantzales, parte fundamental de Hondarribia, a quienes pintó con frecuencia.




